La muerte y los niños.

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Los niños tienen una visión bastante diferente de la muerte, de hecho parecen no comprenderla muy bien, sobre todo si son muy pequeños. La pérdida de un padre, de un abuelo o un hermano puede ser muy traumática en la infancia, pero incluso dentro de este periodo hay diferencias según la edad a la que ocurre la perdida.

Un niño muy pequeño, de uno o dos años, puede parecer no tener reacción alguna si quien lo cuida muere, pero esto está lejos de la verdad. En un momento de la vida en que la confianza y la dependencia están formándose, un ruptura, aunque solo sea una separación temporal, puede causar problemas en el bienestar; esto es especialmente cierto si la perdida ocurre en periodos críticos de la vida del niño, como entre los 8 y 12 meses de edad, cuando el apego y la separación están en la cima de su formación, e incluso separarse por breves momentos de su madre o de su padre puede provocar angustia.

Un cambio en las personas que le cuidan puede tener consecuencias de por vida, que con el tiempo se vuelven tan borrosas que es difícil para el terapeuta rastrearlas. A medida que el niño crece, la muerte sigue siendo difícil de asimilar, y ese hecho afecta la forma en que la criatura responde. Por ejemplo, un niño pequeño podrá pensar que el hecho de morir es algo reparable: una niña creía que su madre muerta podía ser sanada si le ponían curitas; y a menudo los niños ven a la muerte como curable o reversible, mas como si fuese una mera separación. En este caso, las reacciones pueden manifestarse en conductas de regresión: el niño vuelve a antiguos comportamientos, como chuparse el dedo, mojar la cama, aferrarse a un juguete o hacer rabietas; no tiene la madurez para sentir el duelo como lo haría un adulto, pero la intensidad del dolor es la misma.

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Conforme los niños entran a la preadolescencia, hay un entendimiento más maduro. Los adolescentes pueden responder con conductas delictivas o, yéndose al otro extremo, volverse perfeccionistas; las acciones repetitivas son también bastante normales, como lavar un auto una y otra vez, o enfrascarse en los videojuegos o en actividades que los absorban. Se trata de un esfuerzo para mantenerse “por encima” de la pena.

PARA BRINDARLES APOYO

  1. Contesta a sus preguntas con sencillez y honestidad. Explícale las cosas con palabras que pueda entender. Tratar de protegerle ocultándole la verdad, acerca de la muerte o de un divorcio, por ejemplo, puede hacerle mucho más daño que bien.
  2. Conserva las rutinas y el ritmo de las cosas cuando esto sea posible. Los niños necesitan una rutina estructurada, es parte de su seguridad. Aunque una pérdida pueda cambiar muchas cosas, procura mantener en lo posible las rutinas: esto les ayudara a aceptar la pérdida con mayor facilidad.

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