REGLAS DE ORO DE LA CONVIVENCIA

  1. La madre de todas las reglas: “Ama a tu projimo como a ti mismo”. Se le atribuye primero a Moisés y luego a Jesús. Su mandato es claro: dar la misma importancia a los intereses de otros que a los propios; ponernos en los zapatos de los demás y usarlos.
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No es solamente un formulación religiosa, es la realidad, uno no logra mantener una estabilidad con su pareja si no la tiene consigo mismo, el amor propio es la clave.

  1. Otra enunciación religiosa es: “Tratemos a los demás como nos gustaría que nos trataran”. Nuestros papás no se sacaban ésta frase de la manga, tiene su fundamento y es parte de una regla de oro de la convivencia. Sin embargo George Bernard Shaw, citado por Savater, señaló: “No siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes”.

No puedo acariciarte como desearía que me acariciaras, sin correr el riesgo de incomodarte; ni puedo amarte exactamente como yo quisiera que me amaras, porque sería desconocer tus preferencias. En definitiva: no puedo suponer que necesitas las mismas cosas que yo.

  1. Rousseau señala que la anterior regla es una “máxima sublime de justicia”. Sin embargo, propone en su lugar “otra máxima de bondad natural, mucho menos perfecta, pero más útil.”

Si te amo de verdad, mi primera meta, mi primer objetivo afectivo, será no hacerte sufrir. Ésa es la condición esencial para que el amor florezca. Procurar tu bienestar sin molestias, al menos intentarlo seriamente. Ponerme en tu lugar, o mejor, en tu dolor; y desde allí amarte, no como un extraño o como un extranjero, sino como parte esencial de mi vida.

  1. Voltaire nos sugiere otra opción para empezar a construir y cimentar cualquier vínculo social: “NO hagas a los demás lo que NO quieres que te hagan”. Darwin llegó a la misma “regla de oro” partiendo del instinto social.

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No te haré nada que no quisiera que me hicieras. Daré un paso atrás, un paso amable, para luego avanzar sobre lo positivo. Después ensayaré tus gustos, pero sólo cuando tenga claros tus disgustos. No puede creer el amor si no se abandona primero la tierra del buen trato. Es muy fácil saber cuáles son tus derechos, basta con mirar los míos.

 

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