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La muerte es un amargo camino por el que todos debemos pasar. Es parte inevitable de la vida y, sin embargo, a casi todos nos asusta. Pensar, imaginar o ver morir a nuestros seres queridos es una idea espantosa que nadie quisiera experimentar. Pero no tenemos elección: todos vamos hacia allá queramos o no.

Es más fácil ver la muerte ajena, la del vecino, la del desconocido, pero no la de aquellos a quienes amamos. Cuando presenciamos de cerca algún fallecimiento, siempre y cuando no sea de algún ser querido, tenemos sentimientos encontrados: por una parte el dolor por el que muere y por la otra el alivio de saber que nosotros seguimos vivos.

Sin duda una de las desgracias más terribles que le puede ocurrir al ser humano es la muerte de alguien muy cercano: un padre, una pareja, un hermano; y ni hablar del dolor mas profundo: la muerte de un hijo.

Pero cuando ocurre, no queda más remedio que aceptarlo. La muerte nos involucra a todos. Es nuestro destino como seres humanos: nacer, crecer y morir. No hay excepción.

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Pero, si la muerte es una parte básica de la vida y un proceso natural del que nadie escapa, ¿por qué nos resulta tan doloroso aceptarla?

¿QUÉ ES LA MUERTE?

La muerte es un misterio, el misterio por excelencia de la vida entera. La existencia tiene un final y eso es irremediable. ¿Por qué tenemos que morir? Esta pregunta provoca sentimientos de incomprensión, miedo, angustia, inseguridad, rechazo y muchos otros. No solo porque no sabemos qué hay detras de la muerte, sino porque sabemos que un día, el menos pensado, llamará a nuestra puerta alejándonos de todo lo que conocemos.

Tal es el miedo que nos provoca la muerte que por esa razón muchas personas hacen todo lo posible por no pensar en ella. Dicen: ¿para qué pensar en la muerte si estamos llenos de vida, gozamos de buena salud y estamos lejos del final? No obstante, la vida humana es muy frágil y, en cualquier momento, la muerte puede cruzarse en nuestro camino. La muerte es una parte inevitable de la vida. No querer pensar en ella nos convierte en avestruces que esconden la cabeza ante el peligro.

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Pensar en la muerte es más bien pensar en la vida, en el sentido que le queremos dar a esta. La muerte es una continuación de la vida, es una vida más allá de esta, una vida eterna.

San Francisco de Asís, es sus últimos momentos, pudo decir desde el fondo de su alma: “¡Bienvenida, hermana muerte!”. San Francisco le dio a su vida un sentido muy profundo, de entrega a Dios y a los demás, y por eso pudo aceptar la muerte como un paso más. Nosotros podemos también prepararnos para aceptar la muerte desde la vida, sabiendo que hacia allá caminamos todos.

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