MALTRATO ANIMAL: UN PROBLEMA ÉTICO

Isidro H. Cisneros. 29/Junio/15

El tema de los derechos de los animales plantea el dilema sobre los nuevos sujetos de la democracia. Existe un creciente interés por la vida en general, ampliando el campo de quienes merecen atención y suscitando nuevas preguntas sobre la relación mantenida con los animales no humanos, en virtud de que estos vínculos expresan la calidad moral de las sociedades contemporáneas. Respecto a la vida animal, actualmente es posible observar una discriminación contra determinados seres sobre la base de su pertenencia a especies distintas a la nuestra.

Dicha discriminación se basa en ideas equivocadas sobre los animales, entre ellas que son irracionales y que su vida es enteramente mecánica, pero que hoy se tornan erróneas a la luz de las evidencias que la ciencia ofrece en sus distintas ramas del saber, acerca de sus capacidades y habilidades para resolver problemas, socializar y tener vida emocional. Al existir esas habilidades y capacidades, los animales tienen una serie de intereses que satisfacer y por lo tanto, derechos por tutelar que se ven limitados cuando son maltratados, recluidos, aislados de su grupo social y sometidos a experimentación dolorosa, dejando tras de sí graves consecuencias a nivel físico y psicológico. La sensibilidad, entendida como la capacidad de sentir dolor, es el punto de partida para una ética democrática que considere los intereses de todos los seres sensibles, como objetos de preocupación jurídica y moral.


Los derechos de los animales se fundan en dos premisas: tratar igual a los iguales de acuerdo con su igualdad, y no dañar a ninguno de los animales que, como ha confirmado la etología científica, son capaces de sentir dolor, angustia y sufrimiento. Aumentar las prohibiciones legales contra el maltrato y promulgar derechos para los animales, va acompañado de una poderosa transformación cultural de la sociedad para atacar el verdadero problema, representado por la insensibilidad ante la crueldad y la falta de respeto por la vida, que caracteriza la evolución humana.

El trato digno hacia los animales es un deber ciudadano y forma parte de aquella cultura democrática que reconoce la necesidad de ampliar paulatinamente los derechos. Se trata de “descosificar” a los animales, es decir, dejar de considerarlos como cosas, reconociendo su capacidad de tener una vida propia, mental y emocional. Por esa razón, como sostiene el filósofo Jorge Riechmann, utilizarlos como un medio para la satisfacción de los intereses y las necesidades solamente humanas, es un acto que puede ser considerado inmoral.

La democracia postula la necesidad de una ética ecológica que atienda los problemas morales que surgen en la relación de la persona con la naturaleza y el resto de los seres vivientes. Para garantizar los derechos de los animales se requieren políticas públicas que fomenten una eficaz cultura de protección de la vida animal, propiciando la discusión sobre la introducción y modificación de normatividades que incentiven el trato justo hacia ellos, pero sobre todo, son necesarias estrategias educativas que socialicen las razones éticas por las cuales un animal no debe ser maltratado, acompañadas de una promoción del respeto por la vida en todas sus manifestaciones.

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