EL SÍNDROME DEL CORAZÓN ROTO

Hay una única idea esencial que encierra el síndrome del corazón roto: no puedo vivir sin este amor, la vida no merece la pena si no continúa esta relación, si no puedo volver a tenerlo o tenerla entre mis brazos, si ya no puede continuar este proyecto de vida que habíamos iniciado, si todo lo que había imaginado y querido no se puede realizar. Estas ideas están detrás de muchos de los problemas de salud mental que llevan a la persona ante el psiquiatra y el psicólogo: el corazón está roto, la esperanza de ser feliz se ha desvanecido.

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El ánimo desolado del corazón roto supone necesariamente que ese amor ha existido, es decir, que la persona abandonada ha amado de veras, y se ha sentido igualmente querida, al menos durante un tiempo, cuando ese futuro aún existía como horizonte vital posible y deseable para ambos. Los individuos que nunca han querido a ese alguien, y que deseaban estar con él por alguna otra razón (generalmente por deseo de poseión o de control para compensar una autoestima baja o muy frágil, pero también por mero deseo sexual o interés de cualquier otro tipo) no tienen el corazón roto, sino su vanidad o su orgullo, o sus expectativas de obtener un interés frustrado.

No debemos confundir la exigencia para que el excónyuge o expareja regrese, con el sentimiento legítimo de que le necesitamos, en el sentido más fuerte de esa palabra; esto es, que esa relación vuelva a nuestra vida porque no imaginamos otro futuro al de estar con él o ella. La exigencia es siempre errónea, porque implica coartar la voluntad, definir una situación que no admite opciones, y por ello está muy cerca de dar órdenes, lo que obviamente no forma parte de una relación amorosa. El enamorado con el corazón roto puede pedir con vehemencia, exhortar con mil razones para que se produzca el reencuentro, insistir hasta un punto, pero no ordenar.

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Queremos que vuelva, se lo suplicamos; pero al final la otra persona es libre de decidir, El enamorado de verdad no rebasa ese límite que figura en el intercambio de pareceres entre esas dos personas, y que puede resumirse en esta idea: “Daría todo lo que tengo para que volvieras conmigo, pero yo no puedo tomar esa decisión que te corresponde solo a ti; me hundirás en la miseria si me rechazas definitivamente, pero nada más está en mis manos”; si vamos más allá en nuestra insistencia estamos invadiendo el terreno de la voluntad de esa persona hasta violentarla y el amor entonces deja paso a otras cosas. En los casos donde hay acoso, persecución, amenazas, estamos ya pisando el terreno del abuso o coacción. Para mí ésa es la prueba de que quién obra de este modo no quiere realmente a esa persona: querrá, como he dicho antes, volver a tenerla, pero no será por amor, sino por razones egoístas, por que no quiere verse humillado o porque su miedo a sentirse incompetente y fracasado ante la vida le impele a desoír lo que realmente desea ese otro que no quiere volver.

La exaltación espiritual y emocional de quien ama en vano incorpora, de este modo, su propia miseria, su propio infierno, la raíz esencial de su dolor, que es siempre propio, específico, marcado con las cicatrices de los recuerdo que acechan una y otra vez: ha de aceptar que el objeto amado diga “no”. No te quiero, o no te quiero ya, o aquello que sentía meses o años atrás desapareció, o te quería pero tú no estuviste a la altura, o me he dado cuenta de que realmente necesito a alguien que no eres tú. Ese dolor puede ser más acendrado si realmente quien llora la pérdida cometió los graves errores que le señala quien lo ha dejado.

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Quien padece el síndrome del corazón roto, se ve incapaz de volver a enamorarse, de querer con la profundidad con que ha querido a la otra persona que ya no está, con independencia de que fuera capaz de demostrarlo cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.

Sin embargo, en el núcleo de esa desesperación se encuentra la negativa a aceptar la realidad. Negarse a aceptar que una persona ya no nos quiere es negar la propia vida tal y como es; es una de las formas que tiene una creencia que se halla en la base de mucha angustia psíquica: las personas tienen que hacer lo que yo quiero que hagan,f o tienen que decidir lo que yo deseo que decidan.

Bibliografía: Vicente Garrido. 2016. Como Sobrevivir a una Ruptura. Editorial Planeta S.A. Barcelona, España.

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